Están dormidos en el suelo.

Tienen voces. Recuerdos.

Privilegiados por poseer fotografías en la memoria

como el día de su graduación

el primer beso     los quince años de una sobrina     el nacimiento de sus hijos.

Están dormidos y se quejan con la mirada cubierta.

Son pisados     la gente no se acuerda de ellos.

Han pasado los años     los tiempos en que existían y eran útiles. Acompañados por

las vísceras de otros     los vómitos de borrachos     las cabezas tiradas de sus

ajenos   por el cinturón de ojos de un neonazi barato.

Sus quejas ya no se escuchan

Como las veces en que decían “Puta madre   me están matando y nadie me oye”.

 

También los acompañan los bebés arrojados en los puentes y arrollados por llantas.

O abandonados en el calor de la basura   y de las orinas

con las ilusiones de que una ramera de la televisión los arrope

y no los presente como la porquería del país.

“Si hablan tanto de ellas ¿por qué no nos adoptan   porque somos cadáveres ahora?

¿porque no estamos identificados   no tenemos una madre digna o porque nuestro

padre está procreando hijos e hijos pobres       con «la chingada» en la mano     en

vez de llamarle «verga»?

 

En la lista de los dormidos están los mutilados

buscando la pierna perdida entre las fosas comunes

o para encontrar alguna de su agrado.

“De seguro este muerto murió como yo     entre las balas y el refugio de un coche”

“parece de mi edad     o la que tuvimos antes de que nos volaran una granada en el pecho”

“me hubiera gustado ayudar a este cadáver con mi otra mitad para cuidarnos mutuamente”.

Los de las fosas comunes callan más. No pueden hablar a falta de la respiración.

Si de ellos saliera un eco

dirían cómo llegaron hasta allí.

Si de ellos se pudiera

dirían que sus pieles se encuentran colgadas en los museos de arte contemporáneo      

pero nadie se da cuenta porque se subastan después

     en las empresas de primer mundo:

son exportados con ganancias multimillonarias a cambio de maíz transgénico.

Algunos traen otras pieles     músculos aún fuertes para cubrir a los cuerpos de la

nevada que no volverán a sentir

                               la fiebre que no recordarán

               y la sed que no arderá.

 

Todos tienen algo en común: están dormidos.

De ellos quieren brotar nuevas historias

convertir las suyas en colores

y madejas de hilo para dirigir un papalote.

Pero ya no pueden.

Sus bocas están cosidas con el sello del infinito       sus cenizas con las

eyaculaciones de la calle       sus fluidos con los gemidos de un cuerno de chivo

penetrando     sus imágenes fantasmales con las quejas de sus amigos       y el calor

de un buen sexo con la mierda de consolación y aliento.

Por eso esperarán hasta que alguien quiera hacer justicia.

Pero saben que es mejor seguir callando hasta que los demás comprendan lo que

pasaron         y no ser cadáveres encadenados al silencio; o esperar hasta que los

coman: al cabo son carne y el hambre no perdona.

 

 


Diana Ferreyra (1990). Licenciada en Lengua y Literaturas Hispánicas, y egresada en Maestría en Historia, de la UMSNH. Ha publicado su obra narrativa y poética en revistas y antologías nacionales. Actualmente, escribe, es docente y prepara más poesía con café.