Kip (su nombre completo es Kirpan Singh) es chef de profesión. Llamado por su antiguo jefe y amigo, el general Kumar, emprende el regreso a su Cachemira natal tras catorce años de ausencia para supervisar la preparación de los manjares que se servirán en la boda de Rubiya, la hija de su antiguo patrón. Detrás de esta explicación de trasfondo más bien pragmático se esconde, empero, otro motivo: Kip, hombre solitario, soltero, de edad media, aparentemente sin otra familia que su anciana madre, acaba de ser diagnosticado con un tumor cerebral y como suele suceder en aquellos a quienes la enfermedad terminal acerca progresivamente a la muerte busca hacer las paces con el pasado.

Pareciera que Chef, la primera novela del escritor indo-canadiense Jaspreet Singh (publicada originalmente en 2008 y recientemente traducida al español por la Dirección de Publicaciones de la UNAM) parte de una pregunta que aparece explícitamente desde sus primeras páginas: “¿Por qué permití que mi vida tomara ese giro erróneo?” Esta interrogante resulta, al menos en el contexto en que su autor la plantea, de unos alcances sorprendentes: da la impresión que lo que el protagonista realmente desea responderse, que aquello que lo arroja a los insondables abismos de la búsqueda existencial rebasa en realidad los límites de su propia trayectoria personal. Dicho de otra forma: la interrogante de Kip, su viaje, el libro mismo, se antojan un pretexto, una excusa inteligente y sensible para que el protagonista (y el lector) explore lo que en mi opinión constituye la preocupación central del autor: las guerras intestinas y las discordias mal escondidas bajo la exuberante belleza natural de Cachemira.

El autor recurre al flashback para situarnos alternativamente en el contexto de la primera llegada de Kip a Cachemira y en el del anticipado (y temido) regreso de éste a la tierra que abandonó con precipitación años atrás. Lo vemos joven, en más de un aspecto aún inocente, rodeado por la densa niebla y por el colosal frío de su entorno, confrontado a los retos de su oficio como aprendiz de cocinero en la casa del general. Kip es el primero en sorprenderse de que esa Cachemira que tiene enfrente en nada se parezca “a la sombra o al paraíso” del que tanto ha oído hablar en Delhi, aunque no tardará en adentrarse en los verdaderos contornos y contradicciones que ésta encierra, primero a través de las enseñanzas de Chef Kishen, el cocinero en jefe, y luego vía sus encuentros con los personajes que lo habitan: el general, su pequeña y temerosa hija Rubiya, los soldados de la guarnición, la enfermera del hospital militar.

 

Si al principio confunde un poco la ambigüedad en el uso de la palabra Chef con mayúsculas –el cocinero en jefe– y de su equivalente en minúsculas –el otro chef, Kip– a medida que la lectura avanza se intuye que esto probablemente sea intencional: la relación de los personajes es, después de todo, de maestro-alumno y está enmarcada en un contexto de aprendizaje, de llegada a la madurez, de transición al cabo de la cual el que ha escuchado se ve finalmente impelido a contar a su vez. La posición de Kip en casa del general será a la vez privilegiada y ambigua: Kip no es el enemigo, pero tampoco es el hindú común y corriente dada su pertenencia (que es la del propio autor) a la minoría sij: “Mi padre es el único que lleva turbante,” señala Kip al evocar a su padre, desaparecido en Cachemira años atrás, “mi padre no puede participar del todo (…): es uno de ellos, pero es distinto.”

 

 

Esta obsesión con la alteridad está presente a todo lo largo de la novela, si bien el “otro” cobra las formas más diversas: es el pakistaní, es el enemigo musulmán, es el hindú pobre, y es, finalmente, la mujer. Quizá por ello una de las figuras centrales de la novela resulte ser Irem, personaje dotado de cierta poesía casi salvaje y primigenia en quien confluirán poco a poco todas las interrogantes que Kip se formula respecto a sí mismo y a su propia identidad. Irem es musulmana, joven, bella, presumiblemente una terrorista caída por obra del azar en manos del ejército indio, una prisionera cuyos secretos extrañamente será Kip el encargado de develar. El resto es más o menos previsible, aunque no por ello carente de encanto: Kip no puede, después de todo, sino sentirse fascinado por aquélla a quien tiene enfrente, por su condición de pakistaní y, todavía más, por su condición de mujer, ser extraño, fuente y origen, como en las épicas ancestrales, lo mismo de atracción que de peligro.

 

 

Es patente la obsesión de Singh con las diversas formas del recuerdo y de la memoria: las fotos, los diarios, los mementos, las mutaciones del pasado y sus diversas manipulaciones, el pasado recordado pero también distorsionado; el pasado que no se va, pero que tampoco nos pertenece, ese pasado cuya mejor metáfora sea quizá aquí la del imponente glaciar Sachien, esa masa de nieve y hielo en cuyas inmediaciones transcurre gran parte de la acción de la novela:

¿Qué es eso que llamamos glaciar? (…). Una capa de hielo sobre otra. Nieve de hace cientos de años. Pela una capa y luego pela otra. Un trabajo eterno, perpetuo, ingrato. Un trabajo que cercena los dedos. Un trabajo eterno, perpetuo, ingrato. El glaciar engañaba a las personas, no mostraba sus dimensiones reales, ni sus intenciones, ni la cantidad de capas que lo conformaban.

 

Además de una reflexión acerca de la memoria individual y colectiva entre las páginas de Chef uno encuentra muchas otras cosas: una meditación acerca de la belleza y sus contrarios, una evocación de la inutilidad de la guerra y de las marcas que ésta deja en los individuos y en la comunidad (no es sorprendente que aquí, pero sobre todo en Helio, la segunda novela de Singh, uno encuentre tantos ecos de W.G. Sebald), el sutil proceso por el cual se pasa de ser el perseguidor a ser el perseguido, y una evocación de la culpa como motivo y sustento de tantos pequeños actos de justicia. Me gusta en particular esa suerte de ir y venir entre lo bello y lo terrible: ¿Qué importancia puede tener que el autor, y con él el lector, sea testigo lo mismo de las ignominias de la tortura perpetrada por los oficiales del ejército que de la inefable magnificencia del lugar? Tengo la impresión que lo que el autor parece querer decirnos es que hay muchas cosas bellas que, sin desmerecer, ocultan la fealdad del mundo, y que es nuestra responsabilidad mirar más lejos, mirar más cerca, como si fuese en los detalles ocultos que se esconde el mal. También, en un registro más optimista, es posible pensar que pese a la existencia del mal la belleza pervive. Que la belleza es, pese a todo, necesaria y eterna.

 

Chef es también un libro de rara sensualidad que evoca con gran fortuna una multitud de olores, formas y sabores, y lo hace más allá del mero exotismo, de la imagen colorida y estereotipada. “[La] mayoría de (…) cosas importantes de nuestra vida, al igual que las recetas, no pueden compartirse; permanecen con nosotros con una pizca de esto y un olorcillo de aquello,” nos dice Singh, un poco como Villoro cuando menciona en El ojo en la nuca que existen “enigmas cotidianos,” sencillos sucesos, evocaciones, objetos que nos hacen saber a qué sitio pertenecemos y que, a la vez que nos anclan a un espacio concreto y culturalmente específico, nos permiten aprehender el resto del mundo desde esa posición.

 

Con otros dos libros ya en su haber (Diecisiete tomates y otras historias de Cachemira, traducido y publicado en México por la extinta Páramo Ediciones, y Helio, novela con la que el autor resultó finalista del International IMPAC Dublin Literary Award) Singh nos ofrece una narrativa reflexiva, inteligente, sólida, carente de sentimentalismos inútiles y, empero, conmovedora. Singh nos regala también un pronóstico vagamente esperanzador acerca del futuro de su tierra natal: “El perdón es un animal raro”, afirma Kip, si bien por momentos su historia nos hace pensar que éste no es imposible: existe más allá de los recuerdos dolorosos, como posibilidad de su superación, a la vez que como condición y resultado del conocimiento del Otro. Al cabo de ese trayecto largo y penoso, tras ese encuentro consigo mismo y con el pasado quizá pueda ocurrir el milagro; lo vemos allí, en tres breves líneas compuestas por la joven Rubiya, la hija del general, quien al final de la novela habrá no solamente superado sus propios miedos sino desposado al enemigo: “Luego irás a Cachemira /sin prisa/ni un disparo escucharás.”

*Singh, Jaspreet, Chef (traducción de Edith Verónica Luna), Colección Ultramar, Dirección General de Publicaciones y Fomento Editorial, Universidad Nacional Autónoma de México, México, 2016,  252 paginas.

 


Alma Mancilla. Escritora. Autora de los libros de cuentos Los días del verano más largo (UABJO, 2001), Casa encantada (Instituto Mexiquense de Cultura, 2011), Las babas del caracol y otros relatos (Instituto Mexiquense de Cultura, 2014) y de las novelas Hogueras (Editorial Terracota, 2014) y Archipiélagos (UAEM, 2015). Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen (2011) y Premio Internacional de Narrativa Ignacio Manuel Altamirano (2015).