David Bowie (1947-2016) fue un creador sarcástico e irónico en pleito cerrado contra todo lo anticuado, un reaccionario generalizado que cree más en las lecturas de Wells que en las crónicas irlandesas, que le recuerdan el punzante origen de su propia genealogía, misma que, en numerosas ocasiones, afirma repudiar por “estúpida y  tradicionalista”.

Su búsqueda obsesiva por la singularidad lo lleva a transitar de la curiosidad a la rareza y del esnobismo a la egolatría. Pero aunque exteriormente es un portavoz de lo venidero, interiormente es un conservador que cultiva manías ancestrales con un propósito bien definido: catapultarse hacia la posteridad. Por eso lo vemos recorriendo el mundo en busca de momias y esqueletos, de imperios y civilizaciones muertas o disminuidas. Infatigable y elegante, el compositor e intérprete británico se pasea por todos los puntos del planeta en busca de alguna singularidad para su arte. Colecciona máscaras, visita médiums y taumaturgos; escala pirámides mayas y trepa hasta lo más alto de la meseta tibetana. Y una vez ahí, colocado en lo más alto, Bowie mira soñadoramente hacia la vía láctea y se pregunta sobre Life on Mars.

Este reformador, sin embargo, a veces es un anticuado que se escandaliza frente a un centenar de mandíbulas mascando en un restaurante de lujo, tal como un día se lo confiesa a su amigo Reeves Gabrels, estupendo guitarrista. Aunque el mismo Bowie es un extravagante, lo cierto es que no tolera las excentricidades del vecino. ¡Menos aun si son anacrónicas!

De hecho, tergiversan radicalmente a Bowie quienes suponen que éste quería, en algún punto de su apuesta artística, retornar hacia el pasado. Nunca. No es un hombre interesado en las retrospectivas. Y cuando se asoma a lo acaecido es sólo para recuperar una o dos nostalgias musicales, para incluirlas en sus letras, pero nada más. Su mirada está puesta en el futuro. Como Orfeo, todo el tiempo camina hacia adelante.

Incluso, cuando se caracteriza de vampiro, Bowie no está pensando en Nosferatu ni en Drácula, que le parecen personajes folclóricos, sino en un vampiro posmoderno y glamuroso que vista trajes Yves Saint-Laurent y calza intachables zapatos Armani.

Debido a ello, jamás congenia con Peter Murphy, a quien considera un sujeto anquilosado. Por más que intenta seguir los pasos de Bowie, el exvocalista de Bauhaus ‒que le consagra homenajes y distinciones ad infinitum‒ jamás consigue la anuencia de David. Lo que es más, hasta su muerte, Bowie siguió pensando que Murphy montaba puros números anticuados y epilépticos, agobiados por una egomanía y un narcisismo incontinente que, una y otra vez, caía en el refrito. Y tenía razón: Murphy ‒hasta hoy‒ continúa suspendido en su trasnochado vampirismo y, de ser un epígono de Bowie, se ha transformado en un desgarbado bufón que, extraviado el pudor, se soba la panza en el escenario y eructa ante el micrófono, ya más parecido al engendro de Frankenstein. ¡Horror para el mesías alienígena, cuyo anhelo está en el porvenir y no en la decadencia!

       Algo semejante pensaba de Bowie del suicida Ian Curtis y de sus herederos de New order: el rock puesto en barata, transformado en pintoresquismo gótico y, luego, en synthpoperismo de “madriguera”. Todos estos ángeles fatales, insomnes y sonámbulos, esas mescolanzas entre luciferinas impregnadas con cierta metafísica y propensiones cirqueras, la vanguardia musical como autopropaganda y sensacionalismo, le erizaba la piel al modernísimo que, sin embargo, también dejó su bastardía en tipos como Marilyn Manson y Lady Gaga. 

Hoy, tras la muerte de Bowie, no podemos alejar la sospecha de que su jugada artística y musical estaba perfectamente meditada y concentrada en lograr, más que la tan cacareada innovación, el contraste: la diferencia. Y de ser así, ya Carl Schmitt nos advertía que “las diferencias se difunden activa y agresivamente”.