Azorín –José Martínez Ruiz– es el menos popularizado y famoso de los escritores del 98. Es un hombre que, de acuerdo con el tartajeante y duro juicio de Baroja, “no puede hablar y lo dice todo escribiendo“. Tratando de abarcarlo todo, escribe con una veleidosa pluma que le permite saltar del anarquismo al conservadurismo e ir del ateísmo a la beatería.

Pese a todo, su pequeña voz, su menuda estética y su trivialísima filosofía, durante algún tiempo, obtuvieron una resonancia máxima. Sus ensayos de crítica y sus apuntes biográficos quieren emular a Montaigne, aunque carecen del enorme caudal intelectual y la capacidad enunciativa del francés. Escribió obras teatrales torpes, ensayos verbosos y pesados, juicios inseguros y, las más veces, fútiles. Paradójicamente, como es un hombre demasiado tímido, el respeto por ciertas figuras emblemáticas de la España de la Restauración –tal como la bautizó Manuel Azaña– llegó casi al servilismo, como ocurrió con Unamuno a quien tomó realmente por lo que el gruñonsísimo vasco decía valer.

Azorín sacrifica la exactitud histórica y la suple por la glosa plañidera y por el lugar común del genio incomprendido. Como quiere que todos sean felices, se saca de la manga que Pedro Antonio de Alarcón es un autor alegre. Curioso –e inexacto– que describa así a un romántico mohíno que lo único alegre que llegó a escribir fue una novelita titulada El sombrero de tres picos.

Imprudentemente, Azorín, que se engolosina hasta el empacho con la minucia, acusa injustamente de prolijo a Pereda. Gómez de la Serna, con su manera desenvuelta y juguetona, lo llama “el gran pasmado”. Valle Inclán, que lo trató íntimamente, opino que era un “un pequeñín con su bastoncín”.

Exceptuando a Goytisolo, quizá haya sido el más solitario de todos los escritores españoles, pero con una característica adicional: también fue un solitario conformista. Aunque a veces explota contra sí mismo, en toda su obra no hay una página satírica ni tampoco un enunciado sardónico en contra de la sociedad. Una sociedad que, además, asegura repeler.

Azorín no fue un historiador de la literatura ni un crítico señero, como algunos asientan. A lo más, fue un periodista literario y creyó firmemente que todo el entorno debía ser literaturizado y rapsodiado por él.

Como ensayista se apega a los datos que pueden constatarse. Azorín sólo hablaba de las personas, obras y hechos que tenían antecedentes comprobados. No posee una imaginación creadora, inventora y ni siquiera descubridora, sino pasiva y reflexiva. Su prosa es, casi siempre, plana y claudicante. No escribe sino sobre hechos y datos que están debidamente catalogados. Ramón J. Sender, desde México, le reprocha que ninguno de los noventayochos protestara por “el destierro del medio millón de españoles que éramos la expresión de lo español radical y entrañable”.

Sus ocasionales incursiones en la arena política las hace a través de ensayos doctos y sin apartarse un ápice del parámetro de los conceptos universalmente aceptados.

Para leer a Azorín hay que estar derrotado por el tedio de las horas, es decir: aburrido. El secreto de su estilo –si lo hay– se basa en el uso y abuso del punto y coma, y para hacerlo apantallante se apoya sobre una serie de plantillas y clichés de los que no se apartaba porque parecía tener miedo a las espontaneidad.

Si los artistas nos interesan –o deberían interesarnos– por su arte, los autores del 98 son todo lo contrario: quieren hacerse interesantes por su persona, que no dejan de cultivar con una enfermiza fruición. Y Azorín no fue la excepción.

En sus últimos años, desalentado, dijo que no valía la pena escribir en España porque la atmósfera reverente que tuvo a lo largo de toda su vida comenzó a languidecer. Resentido por la desatención de los lectores, creyó que debía castigar al público desdeñoso y anunció que renunciaba escribir. Pero no lo hizo. Al contrario: siguió haciéndolo, incluso con más ahínco. A finales de la década de los cincuenta, llegó a enamorarse de Hollywood. Casi todos los días iba al cine y, ya tarde, regresaba a casa a comentar, con un prosaísmo pedestre, lo que había visto en la pantalla.

A cincuenta años de su muerte –ocurrida en 1967– es evidente que Azorín, cosa tristísima, estaba en desacuerdo consigo mismo.

Por si fuera poco, el prolífico escritor español es un nostálgico. Un nostálgico que todo lo que escribe tiene motivaciones melancólicas. Pero jamás se permite escribir con aflicción. De hecho, en su juventud escribe con la alegría de un vitalista. En su obra hay amor por la vida, por la tierra, por la simple, y para él, milagrosa existencia.

Pero, como suele ocurrir, hubo una ruptura. Y esa desavenencia sucedió en su vejez. Hacia sus últimos años, su pluma se permite un último gesto agrio y escribe en unas Memorias que han sido poco atendidas: “Esto es triste y abyecto. No vale la pena que sigáis soñando… Aquí todo está podrido. La gente es ignorante y zafia, los escritores viles y yo mismo no he sentido ni siento la menor estimación por nadie”.