Cuando Camilo José Cela —en 1989— recibe la noticia de que ha ganado el Premio Nobel ni siquiera esboza una sonrisa. Tampoco emerge aquella mueca irónica que lo caracteriza, como podría esperarse. El autor de Cristo versus Arizona —que por ahora es su última novela— se encuentra enfangado en una crisis física y existencial. Se ha separado de su mujer, por un lado. Y aunque intente demostrar lo contrario, siente una especie de mutilación en el alma. El incauto creía que había enterrado los sentimientos pero, la verdad, no ha enterrado un cuerno.

Por otra parte, tiene las rodillas paralizadas por la artrosis. Le duele caminar y, cuando lo hace, tiene un andar torcido. Por eso prefiere estar sentado o, en todo caso, recostarse en la cama a mirar el televisor. No pasa demasiado tiempo para que se quede dormido como un tronco. Lo doloroso es despertar. Y aunque hace un gran esfuerzo para mostrarse tranquilo, lo cierto es que no tiene ánimos ni fuerza para emprender gran cosa. Y, de hecho, no lo hace.

De todos sus amigos escritores, sólo le abre las puertas de su casa a Francisco Umbral, quien fuera antes su discípulo y en esa época es, quizá, su compañero más entrañable. Pese a su astronómica miopía, Paquito —como casi todo mundo conoce al célebre e inagotable polígrafo— advierte el semblante mortecino de Camilo, y se alarma un poco. Sabe perfecto que al bronco Cela ya no lo emociona hablar sobre literatura, pero, aun con todo, quiere apartarlo un poco de sus abstracciones. Por eso inicia una charla sobre el precio de los automóviles, tema del que, por cierto, poco o nada sabe. Como es de esperar, el anzuelo surte efecto sólo durante unos cuantos minutos, tiempo tras el cual Camilo se levanta y, arrastrando su lentitud de elefante vencido, se dirige hacia la cocina. Con una serie de ademanes comatosos, abre las puertas de una alacena y, poco a poco, comienza a limpiar y reacomodar algunas copas y vasos. Pierde un tiempo estúpido en dejar todo en orden.

Umbral, que mira en este hombre al último barroco de su tiempo —e incluso ha vilipendiado al público español por dejarlo de lado—, tiene que despedirse o no tardará, también, en despeñarse. Antes de abandonar la casa, se despide tomando a Camilo de los hombros y estrechándolo fuertemente, como hace un hijo ante un padre al que ya no le será posible salvar de sus achaques.

En el preciso momento en que su amigo sale, los pensamientos de Cela se tornan más livianos y, poco a poco, ascienden hacia la superficie. Y ahí se van a quedar. Sí, ahora será un hombre más ligero, más superficial. Y quizá eso sea lo mejor. Ni reflexiones ni sueños, ni problemas de conciencia. De hecho, hace tiempo que al autor de La familia de Pascual Duarte ya sólo lo mantiene a flote el abúlico deseo de durar en la superficie de los días. Y, si lo urgen un poco, casi podría afirmar que ya no le interesa otra cosa como no sea mirar una puesta de sol.

Aunque tiene 73 años, de alguna manera, Camilo ha rejuvenecido en ese preciso momento. El tiempo —ese dios impasible que tanto atormentara a Baudelaire— le ha borrado las facciones con una goma. Y eso le gusta. Y mucho. Pero nunca tanto como ir a recoger un galardón, un homenaje tan prestigioso: el Premio Nobel, y que, entre otros beneficios, llegará acompañado de un gran cheque. Sí, está decidido, a partir de ese momento, y ya para siempre, el viejo Cela se quedará a vivir en la superficie. Más tarde, ya habrá forma de buscar un ungüento para aliviar la artrosis y otro más para combatir la tristeza. O quizá ya no lo haya.