Más de una ocasión estuve tentado a olvidarme de la escritura de este libro —a dejarlo atrás: abandonarlo—, lo que me sirvió como la confirmación más explícita de que debía terminarlo. O, si nada puede terminarse porque admitiría una labor de construcción y destrucción casi infinita, al menos llegar hasta ese punto que nos permite suspirar al final como una forma de coronar un esfuerzo determinado.

Quizá no parece claro a la mayoría de los individuos, pero la inercia social fomenta la idea de llevar todo lo que inicia hasta el punto de su conclusión. Es un arco que expresa cómo el trabajo humano se transforma en un bien o un servicio para los demás, lo cual, al ser benéfico para otros, se considera como bueno en sí mismo. Somos educados para concluir lo que iniciamos. Los niños, por ejemplo, deben terminarse el desayuno o la tarea escolar, y no hacerlo conlleva sanciones de acuerdo a los maestros o los padres.

Ante esta confirmación de utilidad práctica y beneficio social, se me presentó la idea del abandono como un lujo en un contexto que privilegia los bienes y servicios terminados. Es una actividad que merma de manera directa la sociabilidad y el beneficio esperado por los otros, en una sociedad en la que no todos los componentes aportan beneficios de modo proporcional. Esto es: millones de personas trabajan para otros millones (quizá más que los primeros), que trabajan menos o ni siquiera lo hacen porque su expectativa de realidad es baja o casi inexistente.

A nivel microscópico, las modalidades básicas del abandono, no podrían generar un cambio social aunque sí vengan a escala individual parte de las injusticias que padece cualquier componente de una sociedad. Por supuesto hay modos del abandono que podrían volverse delictivos y queda a juicio de quien los intenta, proceder sobre su ejecución o ponerlos en suspenso para buscar modalidades menos castigadas por la ley. Un cirujano que de pronto abandona la operación podría considerarse un acto heroico, visto desde la perspectiva de cierto anarquismo social, o como una irresponsabilidad grave por parte de un profesional de la salud. De igual manera, los políticos y expertos de la administración pública en funciones, podrían generar detrimentos en la hacienda pública al abandonarse al donaire y la vida gentil de quien goza de un salario envidiable.

Este arte del abandono, como se presentó a mi entendimiento, implica no limitarse a iniciarse en nuevas experiencias para después dejarlas de lado por aburrimiento o con la gratuidad de quien no tiene ningún motivo para abandonarlas. Es un desplante que puede ser ensordecedor, silencioso o incluso mudo, que genera la ilusión de ser dueño de alguna parte de nuestro destino y también el deseo de iniciar algo más que no se haya intentado. Un individuo, en una conversación ocasional, me revela que sintió “gran alivio” cuando ya no tuvo que acudir a las clases de piano a las que su madre lo obligaba a asistir, con la esperanza de volverlo un virtuoso del instrumento o al menos un maestro capaz de interpretar algunas de las partituras más complejas de la historia musical.

Pienso que este individuo abandonó aunque no estaría tan seguro de considerarlo como partícipe de la felicidad de hacerlo, porque cada caso es independiente y debe analizarse de manera meticulosa. Él dijo que “ya no tuvo que acudir”, lo que podría interpretarse de muchas formas: ya no hubo dinero para pagar las clases, su madre entró en conflicto con las lecciones del maestro, se lesionó las articulaciones en algún deporte y eso le impidió continuar, se olvidó de asistir a las clases, la familia cambió de domicilio y ya no era práctico hacerlo, vendieron el piano que había en la casa y no fue posible adquirir otro… Las posibilidades son tantas que no parece posible enunciar siquiera las menos improbables.

Lo que es importante señalar es el factor crucial de la voluntad en el arte del abandono. El abandono que es olvido, que se escurre con los días, es apenas una manera tibia de ejercerlo porque implica otra forma de abandono: la de la idea misma de su puesta en práctica. Los años que desgastan una relación de casados, por ejemplo, encarnan una forma de abandono, en donde la costumbre reemplaza el acto espontáneo y el chisporroteo de emociones. Es un abandono que se ejerce de manera cómoda según pasan los días en el calendario. Por el contrario, adoptar la actitud frontal de abandonar en el punto más alto de la pasión amorosa, requiere un temple que no se ha visto desde los tiempos primeros de la civilización griega.

De manera regular, el que abandona deja un lugar en ruinas a pesar de que esto pueda no ser perceptible a primera vista. Las formas del abandono, que podrían ser una manera de la fuga, son comunes en los deportes y en las artes, lo cual implica que llegado a cierto punto, una nación carezca de virtuosos y de personas de mérito. Meditemos de nuevo en el caso del pianista, citado arriba. Abandona la iniciativa que podría haberlo llevado a ser un ejecutante respetado, a lo que se une (en el mismo caso hipotético) que de manera inexplicable ya no hay madres que ejerzan su gusto musical y tengan especial aprecio por el piano. Consecuencia: un país queda débil frente a otros que cuenta con programas de apoyo para la formación de talentos a edad temprana. Entonces discutimos una iniciativa que puede tener consecuencias al más alto nivel.

El hombre es un animal que abandona, deja tras de sí, avanza en su línea de tiempo para buscarse los satisfactores más elementales y también las delicadezas que hacen que la vida sea más una experiencia que amerita ser vivida, que sólo un hecho biológico al cual resignarse hasta que llegue el momento final. Su devenir histórico es un “ir hacia” y la inmovilidad le es ajena. Ni aún los muertos quedan estáticos. Ni los cuerpos que fueron habitados por las que fueron personas, ni la memoria que se tiene de ellos. A la manera de una luz estroboscópica, la idea del hombre cabe en una idea de movimiento que implica un abandono. Se dejan atrás ideas sociales de mejoramiento, conceptos religiosos, modelos económicos, formas de interpretar la historia, lenguas que hablaron millones de personas hoy son un vestigio puesto en piedra.

Las ideas de progreso en boga durante los siglos pasados, se abandonan para dar cabida a una modalidad del tiempo presente que siempre lo es. Las comunicaciones ultrarrápidas y la vigilancia permanente por parte de millones de cámaras en el mundo, generan un testimonio del hombre en su cotidianeidad más absoluta. Las pantallas son los nuevos confesionarios y quienes aparecen en esos fragmentos de realidad capturada, dejan de ser quienes eran antes de ser captados para ascender a la posibilidad de un estrellato súbito. Se abandonan al que fueron para instalarse en la realidad digital, que existe en contra de cualquier pronóstico, se reproduce y sobrevive en los dispositivos de millones de personas alrededor del mundo. Ser registrado en video es una nueva forma del abandono, porque se deja atrás a quien eras para adquirir una identidad encarnada en los megabytes que pesa ese contenido digital.

El hombre no deja de inventar maneras para dejarse atrás, para abandonarse a sí mismo y a los otros, lo cual no es sino otra manera de estar atado al tiempo, a sus accidentes, pormenores y maneras de oprimir al hecho biológico. Este arte del abandono implica el reconocimiento de la condición de mortal que pesa sobre los hombres. No puede intentarse todo en el espacio de una vida, incluso vivida en su máximo esplendor, hasta esa edad en que el organismo tiene las fallas naturales de cualquier sistema que lleva décadas en funcionamiento, con la misma tarea a diario. Así que esta práctica del abandono igualmente genera una apreciación del vestigio, del fragmento y la ruina.

Al salir de un museo, por ejemplo, nunca sabemos si haremos otra visita o si recordaremos lo que tuvimos frente a los ojos. La memoria de las obras se fuga de la memoria, que de igual manera sucumbe a la tentación del abandono de segmentos de experiencia que no resultan de fácil recuerdo. Para lo anterior, el hombre ha generado herramientas para auxilio de la memoria, como los libros y las fotografías, a los cuales confiamos un retrato aproximado de nuestro paso por el mundo. Las variaciones del recuerdo podrían ser un camino hacia la posible integración de un “yo” más unificado que disperso. Evitar el abandono involuntario para disgregarnos a placer, como si fuésemos el agua que brota de una cascada y nuestro destino es tan incierto que resulta una temeridad planear incluso el minuto siguiente.

Confieso que he abandonado de manera involuntaria, producto de una modorra hipnótica que cae el mero paso de los días. También he abandonado de manera juiciosa y consciente de las posibles secuelas. He perdido y he ganado y en ambos casos los resultados forman parte de sí al punto de ser yo mismo. Esta es una suerte compartida y sólo quien se encuentre fuera del tiempo y espacio (si tales conceptos son entendibles para la mente humana), podría mantenerse en la postura de negar cualquier forma de abandono. La forma fácil, a la mano de cualquier estudiante de lógica, consistiría en afirmar que no puede abandonarse la idea del abandono porque esto implica traicionar los principios elementales de la mente humana, que tiene un trazado secuencial y que se propone metas con un principio y un final.

Por mi parte, elijo la exaltación del abandono como una forma de experiencia, inocua si se quiere, pero efectiva para generar nuevas oportunidades para conocer de modo epidérmico el fracaso, la nostalgia y los afectos, que parecen no terminar en tanto se cuente con el mínimo de entusiasmo por amanecer por la mañana para atestiguar otro segmento de tiempo. Este arte del abandono se ejerce con discreción, lejos de cualquier forma de algarabía, para triunfo de quienes se imponen ser una estampida sin freno en un día de sol. Hay quienes se proponen dejar atrás la indigestión de imágenes —que nunca terminan—, para avanzar en la disolución de las que ya dejaron su impronta. Todo nos lleva hacia el adelgazamiento del instinto, lo que implica morir pero no hacerlo con la gratuidad que nos exige el mundo moderno.

 

*Fragmento de  El arte del abandono (work in progress)