Tendido sobre el pasto, bocabajo y con los brazos abiertos; todo era color amarillo: el pasto seco, el sol y sus botines.

Masculino. 1.79 metros. 64.1/2 kilos…

La rigidez, las manchas color violeta en el pecho, la parte lateral de su cuerpo y el lado izquierdo de su rostro hinchado ahora callaban; cuando hace algunas horas su rigidez le había gritado un puñetazo certero a la cara de Héctor Argüello; las manchas violetas eran, apenas, chismes rojizos entre el público alterado y su rostro hinchado susurraba un cansancio feroz ocasionado por el yeso ilegal que golpeaba sus pómulos. Ahora la piel verdeazul se drenaba a la palidez.

 O+. (Alérgico al polen)…

Las muñecas comenzaban a mostrar los hematomas que las sogas apretadas le habían dejado. Asbeel, Ananel, Rimmon, Ouza y el poderoso Nergal, todos demonios rastreros y ciegos del centro de la Tierra, habían elevado la temperatura de su cuerpo hasta 55°C. Ellos se movían lentamente sobre cada parte de su cuerpo y, de vez en cuando, se encontraban con una montaña de sangre coagulada, una cuenca violeta o un orificio completamente oscuro. Pesaba cinco kilogramos menos por los agujeros en su cráneo, pecho y rodillas; además de toda la sangre que había perdido. Horas antes había sentido la adrenalina ensangrentada que producían sus glándulas suprarrenales, la adrenalina golpeaba el hígado de Héctor Argüello a pesar de la visión borrosa. Ahora, esa misma adrenalina ensangrentada escurría a ras de suelo, sobre el paraje, entre el pasto y la tierra, dando de comer a miles de demonios judeocristianos. La cetirizina que había tomado toda su vida, escapó de su cuerpo junto con el color de su piel, las tabletas disueltas en su estómago eran sólo una papilla inmóvil en sus jugos gástricos, aún así, el polen ya no lo hacía estornudar.

 Nariz chata. Ojos verdes. Labios gruesos. Tatuaje de estrella en la mano izquierda…

Pasaron varias noches, la temperatura de su cuerpo descendió. Todo era tan silencioso que se escuchaba el cierre de las flores, el endurecimiento de los músculos del hombre y la piel secándose en sus labios abiertos. Miguel, Rafael y Gabriel eran suficientes para hacer frente a los malignos. Llegaron volando, resplandecientes, succionando su alma e intentando llevarla a lo más alto. Los otros arrancaban la carne con sus diminutos colmillos, lo llevaban al centro de la tierra. Tres días duró su entumecimiento. Ambos bandos reclamaban las partes más oscuras, indefinibles y olorosas: su nariz chata con restos de cocaína, los ojos verdes que encantaron a su esposa Susana y la boca abierta que una mañana besó a su hijo recién nacido. Chupaban la cuenca de su ojo izquierdo, su entrepierna, la perforación en su cabeza y dentro de su boca. Pero ellos no estaban solos, el cielo no solamente peleaba contra el infierno por el hombre en el pastizal, la vida lo reclamaba como suyo también: envió a coyotes, algunas aves y perros famélicos, perros que una noche antes habían comido las tripas de una rata reventada a quinientos metros de allí. Todos enterraban sus colmillos, garras y bocas para tener una parte de él: Los botines amarillos fueron arrojados a otro lugar, las heridas en su cuerpo fueron mil veces abiertas, las costillas y los huesos arrancados por las fuertes mandíbulas de los coyotes, los ojos vaciados por las aves, casi toda su carne fue consumida por la vida, hambrienta. Sólo dejaron el olor repugnante del hombre, cartílago y un charco de sangre en su caja torácica, donde los colmillos no pudieron llegar. El tatuaje en su poderosa mano izquierda cedía ante un Nergal que le comía los nudillos y la sangre seca entre sus falanges.

Y… ¿la tez de su esposo? —Tez… blanca… pecoso.

El arcángel Gabriel tenía ojos rojos compuestos y limpiaba frecuentemente sus patas, el color verde de su lomo lo hacía resplandecer con el sol. Nergal era un ser cilíndrico blanco, recorría con precisión milimétrica cada hendidura en los huesos, cada cartílago, consumía toda la grasa del hombre tendido en el pastizal. Moscas celestiales contra gusanos tenebrosos.

      La carne del boxeador duró dos semanas en el terreno, los huesos dos meses. Fue despojado de toda su ropa por los perros y los coyotes, los botines amarillos estaban a cuatro metros de distancia.  A la intemperie se hizo polvo en muy poco tiempo, el viento se encargó de elevarlo por encima de los árboles y de arrastrarlo por el pasto amarillo.

 

—Señora Burgos ¿a qué se dedicaba su esposo?

—Era guardaespaldas… a veces llegaba muy golpeado… decía que eran cosas del trabajo.

—¿Guardaespaldas de quién?

—No sé…

—Bueno, haremos las averiguaciones pertinentes. Disculpe ¿podría describírmelo otra vez? Sólo para corroborar. El investigador que llevaba su caso murió en un terrible asesinato, y me lo transfirieron. No encontraron ninguna nota con información, sólo su descripción. Me gustaría saber: ¿Dónde fue la última vez que lo vio? ¿Lugares que frecuentaba? ¿Co…?

—Mide 1.80, más o menos. Nariz chata y ancha. Ojos verdes y pestañas largas. Labios gruesos y cabello corto. También tiene un tatuaje de estrella en una mano… todavía no puedo acordarme en cuál. Dios mío…

Lo describió conforme las imágenes llegaban a su cabeza. El caos en el que estaba sumergida sólo armaba el rompecabezas de forma impresionista: la saturación verde de los ojos, la forma de su rostro se configuraba con la luz roja de la cocina en la mañana (el momento del día en el que lo tenía más cerca), contrastando colores y difuminando detalles. Pinceladas cargadas de óleo en la nariz, cabello y labios. Aunque pareciera que todo ello estaba incomunicado, creaba la imagen más pura de su esposo. Contestó todas las preguntas del investigador con una mirada perdida, enredaba el cable del teléfono como si estuviese hablando con un amigo, reía un poco recordando historias y se olvidaba de que su esposo había desaparecido. Era natural, a veces se le perdían algunas piezas.

—Muy bien, tengo…

—Era zurdo. Alérgico al polen.

—Zurdo, bien. Mire, tengo una persona aquí en la SEMEFO que corresponde con las características de su marido: Masculino. 1.79 metros. Ojos verdes. 64 1/2 kilos. O+. Nariz chata. Labios gruesos. Tatuaje de estrella en la mano izquierda. Y… ¿la tez de su esposo?

 —Tez… blanca… pecoso.

—Por favor, no se altere. Justo estoy aquí ¿estaría usted dispuesta a venir inmediatamente a identificar el cuerpo? …Perfecto… Déjeme pasar con el forense para que lo prepare. Cuando llegue, por favor, quédese en la sala de espera y espere mi llamada ¿me podría proporcionar su teléfono?… Gracias. Hasta luego.

 Al llegar a la sala de espera, se encontró con caras largas que intentaban ahogar su preocupación en tazas de café. Madres desconsoladas que abrazaban a niños de caras sólidas, sin arrugas ni expresión porque no tenían la menor idea de lo que pasaba; las madres los creían fuertes por no saber nada. A veces escuchaba pláticas repentinas de dos personas completamente desconocidas que encontraban situaciones comunes para cargar ambos la misma culpa, así se hacía menor el peso de la muerte. Eso pensó después de platicar con una señora de cuarenta años que sollozaba cada cinco palabras. Recibió la llamada y soltó un triste “hasta luego” a los ojos perdidos de la señora, reflexionando después que no la volvería a ver nunca más. Ella no recibió respuesta.

Susana no se imaginaba que, al levantarse y caminar con el investigador hacia el cuarto, vería el cuerpo de otro hombre, casi deshecho del pecho y las piernas. Pero el rostro impresionista que le había descrito al nuevo investigador no era aquél; definitivamente. No sabía si sentir alivio o preocupación, entonces sólo sintió un terror inmenso.

Si sólo el boxeador clandestino se hubiese caído en el séptimo round…

 


Rodrigo Mora, (Ciudad de México, 1996). Estudiante de Lengua y Literaturas Hispánicas de la UNAM, ha publicado cuentos en las revistas Primera Página y Palabrerías.

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