El clan de los estetas es un libro esculpido por un autor ─Alejandro Badillo─ a quien, más que la anécdota, le interesa resaltar la forma. Nada nuevo, se dirá, en una generación de escritores que ha decidido, con una tenacidad que muchas veces ha rayado en la testarudez, privilegiar el poder de las imágenes líricas frente al raquitismo de la prosa. Pienso, por citar dos de los ejemplos más sobresalientes, en El cielo árido, de Emiliano Monge y en La transmigración de los cuerpos, de Yuri Herrera.

Compuesto por once cuentos, el libro de Badillo es fecundo en párrafos de extremado corte lírico. Por aquí un enunciado que sin problema calificaría de axioma, y por allá una frase que, leída con autonomía, podría ennoblecer cualquier libro de máximas. Leído en su conjunto, podría decirse que estamos ante un libro de prosa poética. Sí, justo es eso: la obra de un gran estilista que decidió emplearse a fondo para depurar su táctica literaria. Pero eso entraña un pequeño  inconveniente: el lector de poesía, por más que se quiera, no es igual al que frecuenta la narrativa. Sus perfiles son distintos, por no decir opuestos. El primero acaso busque el primor en la frase, el solfeo: el ritmo. El segundo podría estar más interesado en la anécdota, en la intriga: incluso en la celeridad narrativa. Podría decirse, sin ir más lejos, que uno es minucioso, y el otro vertiginoso. Raras veces armonizan sus propósitos. Pero, claro, hay casos. Y El clan de los estetas es precisamente uno de ellos.

De la primera a la última narración, nos encontramos con imágenes perturbadoras que han sido talladas con exactitud. De hecho, aquí todo es estrictez, todo es precisión, ninguno parlotea: “en aquel lugar las palabras se decían a cuenta gotas, nadie hablaba más de lo necesario”, nos dice el narrador en Una palabra, el extraordinario primer cuento que abre el volumen. En la última pieza, La espera, nos topamos con un albergue fantasmagórico donde un grupo de infectados ─o contagiados de quién sabe qué rara enfermedad─ yacen sumergidos en una molicie atormentada, mientras “canibalizan su propia energía”, condenados a permanecer a la expectativa de que alguien o algo los rescate de aquél tétrico marasmo. Todos los cuentos cumplen su propósito: trastornar al lector. El estilo fusco y enrevesado, protagonizado casi exclusivamente por locos, enfermos, borrachos, desempleados y excéntricos de toda laya, me parece que podría reclamar cierta influencia de Patrick McGrath o, yendo un poco más lejos, de Thomas Bernhard.

Por otro lado, el gran acierto de estas narraciones ─y que justo podría también ser su problema─ es que están saturadas de imágenes. En un cuento podemos encontrar enunciados que rebosan ─¡que transpiran!─ hipérboles y perífrasis. Las metáforas superan, por mucho, a las acciones. No cabe duda que Badillo es un autor concienzudo, meticuloso, quizá un buen lector de poesía. Pero siendo un tipo tan escrupuloso, tocado un punto, ¿no podría correr el peligro de transformarse en insoportablemente quisquilloso? Ojalá que no le llegue la hora. En este libro, en varios momentos, creo que ha estado muy cerca de lograrlo.

Ahora bien, un lector negligente ─y desafortunadamente nos topamos con uno en cada esquina─ podría padecer el peso de las imágenes. La atmósfera de casi todos los cuentos es densa, como un bosque tupido. Aunque el narrador parece tener el propósito de contar las cosas claras, a momentos, parece que el espesor de su prosa enmaraña un poco las acciones. Y el lector no es inmune a esto. Después de tres cuentos, uno comienza a sentir sofocos. Aunque el libro tiene menos de 120 páginas, hay que hacer un esfuerzo enorme por leerlo en una sentada.

Las descripciones líricas ─que más bien son evocaciones, y eso debe saberlo el autor, quien también ejerce la crítica de libros─ exigen a un lector concienzudo, o cuando menos esmerado. El problema es que los lectores atentos escasean. No cualquiera puede sentarse a catar las innumerables figuras poéticas que tipos como Hermann Broch, embelesado por su enorme caudal de imágenes sensoriales, nos obsequia en obras como La muerte de Virgilio.

El libro de Alejandro Badillo es dos cosas: por un lado, se trata de un volumen que ha sido confeccionado a la medida de un puñado de lectores exquisitos, que no se sacian de buscar el primor en la frase. Y por otro lado, es un libro contra los lectores distraídos, cualidad que en sí misma ya debe celebrarse. Es ─y más que nunca me parece válido aquí el juego alusivo─ un libro dirigido al exquisito Clan de los estetas.

Entradas Relacionados