Índice

Seis propuestas para el nuevo año  de Nérvinson Machado

Seis propuesta para 2016 de Claudina Domingo

Seis propósitos literarios para el año. Seis prejuicios de Marcos Daniel Aguilar

La sangre del universo de Leda Rendón

Seis realidades del nuevo milenio de Bruno Ríos

El envés del decorado de Eva Castañeda

Créditos

Seis propuestas para el nuevo año

Nérvinson Machado

Al igual que un tren que bambolea en su rumbo, el año que está por terminar sin duda alguna avanzó con pasos de borracho, como esa figura extraterrestre de Spielberg llamado ET. Con el dedo índice levantado con una luz en la punta y pidiendo con voz pastosa ir “a casa”. Pero quedan las preguntas: ¿Dónde está esa casa? ¿Hacia donde nos dirigimos en este viaje de la lectura? Para entenderlo, hay que olvidarse un poco del mundo del marketing de los escritores y concentrarse en escribir con honestidad después de haber recorrido, seguramente, una cantidad kilométrica de libros de otros. ¿Es esto una novedad?: No. Pero ese aire que hemos respirado tantas veces con la misma frecuencia que se nos escapa de nuestras narices, merece, por lo menos, una pequeña de reflexión y aquí van mis seis para el año entrante.

Uno. El otro Big Bang cibernético: la figura de Gutenberg es sin duda el espejismo del oasis, al igual que la actual libertad en internet. En cierta forma es entendible el fenómeno: el maguntino creó una máquina –como estrategia económica– para burlarse del tiempo y el espacio. E internet lo intensificó. Fue así que la escritura se calzó con tenis y aprendió a correr un maratón con el paso de una carrera de 100 metros planos. Pero, ¿qué pasa cuando un grupo de personas arman blogs o revistas en la red en nombre de la literatura, falsean datos, escriben con la soltura del descrédito y se hacen amantes del chisme? ¿Dónde está el editor? ¿Dónde está el escritor? Entonces: “Queda lo que queda cuando no queda nada”, en palabras de Perec. Queda una reproducción microscópica del sistema mundial. Un nuevo policía que inventa pruebas para incriminar a otro en el crimen que él mismo ha cometido. De eso, es claro, hay una constante, la mayoría son personas que nada más están esperando que el nuevo transeúnte del puesto de poder cultural les tire un hueso, mientras, se dedican a menear la cola como buenos perros amaestrados, sin responsabilidad en la palabra y mucho menos ética en la información que muestran. Es una fauna que se presenta a sí misma como iluminados y con conexiones a lo largo y ancho de su reducido mundo. No creen en el conocimiento como una obra colectiva y evitan a toda costa que derive en eso. Mientras más elitista sea el ramo en que se mueven, mejor. Ampliarlo, significaría para ellos perder el puesto de San Pedro en el que cuidan una reducida puerta de un centímetro. Unos, incluso, a falta de talento, proponen que el arte sea exclusividad de universitarios. Es mejor tener un título, al estilo colonial, que armarse de valor y crear. No les queda de otra, supongo (lo que pudo haber sido un buen chiste para Juan José Arreola). El anhelo de dirigir desde algún puesto de poder los entusiasma. Incluso, se sienten parte de algún plan maestro, como buenos elegidos, al escribir bajo seudónimos (en algunos casos) y enamorados de su imagen se ven en el espejo como guerrilleros culturales, en lugar de asumir que sus posturas de derecha, conservadoras y sumisas a las instituciones sirven para tejer redes de influencia, pero no para generar literatura. Por tanto, escribir en internet es una gran responsabilidad que necesita de risas, de voces que se eleven, de argumentos veraces, pero sobre todo, de visiones que no intenten contribuir al embrutecimiento. No se puede ir de Gutenberg a Paty Chapoy en la red. ¿O sí?

Dos. Las editoriales independientes: el libro en la historia ha tenido distintos soportes y formatos. No siempre fue la caja fúnebre de papel que conocemos. Una vez alguien comentó que no iba a ferias de libros independientes porque ahí no encontraría a Anagrama. Entre otras críticas, sin sentido, acusaba a una editorial artesanal de pegar mal sus libros y que su interior eran puras fotocopias. Era raro leer el comentario, pues sólo se necesitaba abrir los libros aludidos y observar que estaban –aparte de pegados– engrapados e impresos en láser. Pero, ¿cómo saberlo, si él mismo presumía de no acercarse a eso? El chiste se cuenta solo. Muchos autores actuales no están llegando a las grandes editoriales que dominan el mercado. Algo que los editores saben muy bien. Las editoriales independientes tratan de cumplir un objetivo olvidado por los grandes conglomerados y no se conforman con la opción básica para crear o difundir. Escribir es también impulsar y apoyar medios que busquen a los lectores y entreguen nuevas alternativas. Lo que también implica que las editoriales artesanales, o independientes (nombre vacilante, por lo demás), saben que no sólo es la buena voluntad lo que los debe mover, sino la rigurosidad y el salto a la norma con el respeto que merece el lector. ¿Han revisado el catálogo de algunas de ellas? Se sorprenderían.

Tres. Las librerías: en una ocasión, alguien me dijo: “nada más a ti se te ocurre hacer libros impresos en plena era digital, estás destinado al fracaso”. De eso hace ya cuatro años, dos años menos de lo que tiene la editorial en la que trabajo y que, por fortuna, ha logrado saltarse con risas esas palabras. El comentario hubiese pasado desapercibido, sino fuera porque quien lo dijo se presentaba a sí mismo como un canon de la literatura local. Fue también el tiempo en que los discursos apologistas sobre el libro digital se mostraron con una fe eclesiástica.  Incluso, los espejitos de intercambio no se hicieron esperar. Se nos habló de lo ecológico, como si los aparatos electrónicos no usaran pilas con elementos contaminantes o si la electricidad saliera por arte de magia, o el petróleo usado no fuera  uno de los grandes responsables de la contaminación actual. En su cabecitas elitistas, por supuesto, el mundo se veía con los lentes del borracho tecnológico. Se les escapaban detalles tan elementales como el hecho de que muy pocos cuenta con acceso a la red y mucho menos con tarjetas. Se intentó satanizar, incluso, al libro impreso. El libro digital, a mi forma de ver, está en pañales y por fortuna es una herramienta cada vez más útil para los lectores, pero que tendremos que esperar para ver sus alcances reales. ¿Por qué se habla entonces de remplazo? ¿Por qué todo lo vemos en orden jerárquico y no como paradigma o complemento? El verdadero enemigo del libro impreso no es el libro digital o viceversa, sino la falta de lectores. Así como el enemigo del lector es fácil de identificar, son los malos escritores, los pésimos editores y un sistema injusto que genera mafias que se apoyan entre ellas en detrimento de la creatividad. Más de una vez lo he dicho, no se puede leer con hambre, sin tiempo, después de una extenuante jornada laboral. Mucho menos se puede comprar libros con precios por las nubes. Lo que me gustaría dejar claro, es que lo único destinado al fracaso, si es que tengo que usar las frases pedantes y lapidarias con que acusan a las publicaciones impresas, es no tener buenas políticas culturales para que más librerías salgan a flote o asumir verdades a medias como dogmas. Al fin y al cabo, todos sabemos que al igual que Ulises, Eneas o Dante hay que bajar al inframundo del libro para llegar a nuestro destino.

Cuatro. El editor: En una ocasión alguien me regaló un libro de crónicas sobre Monterrey y hasta el sol de hoy lo guardo como uno de mis objetos más preciado. En las primeras líneas el autor dice: “La palabra crónica proviene del griego Kronicá que significa libro, que se refiere a los hechos por orden cronológico”. La frase es engañosa, porque el término griego al que hace alusión es un adjetivo que tiene que ver con tiempo, pero no con libro. Por otro lado, la palabra para designar “libro” en un periodo de tiempo en la antigua Grecia fue biblos, gracias a un puerto y centro comercial del mismo nombre en la antigua Fenicia. De ahí sus derivados como Biblia o biblioteca. Fue curioso no ver ningún nexo con el dios del tiempo, Cronos, con quien podía ser más fácil relacionarse “Crónica”, por sentido, grafía y fonética, y que se llegara a una conclusión tan ligera en tan breve espacio. No fue difícil tampoco rastrear de dónde provenía el error. La misma frase aparecía en Wikipedia con la diferencia de que ahí se incluía un término más: “biblos”, lo que le daba un sentido más amplio y convincente. Me encantan los libros raros y lo uso cada vez que me ha tocado dar algún taller de edición, porque la pregunta que deriva después de exponer el caso es: “¿De quién fue la responsabilidad, del autor o del editor?”   Quien haya trabajado con autores que han conseguido algún tipo de renombre ya sea por obstaculizar a otros o por mafia, sabrá que algunas veces hay que lidiar con la terquedad de sus egos. Difícilmente un autor con un trabajo sólido, joven o no, deja de oír a su editor. El problema está cuando los editores se dedican a ser sólo correctores de estilo o por flojera dejan a un lado detalles como el que acabo de exponer. No verificar fechas, datos o estructura conlleva  al descrédito del mismo autor, del editor y por supuesto de la editorial. Hay que esperar de los editores algo más, que se atrevan a bajar del Olimpo, pero que vuelen al igual que Mercurio, con sus pies alados, para que lleguen con fluidez a los terrenos del lector; al fin y al cabo, los lectores son la kriptonita de los poderosos.

Quinto. El libro infantil: muchas veces escribir para niños equivale, para algunos, a dar atole con el dedo. Escriben para los más jóvenes como si ellos no tuvieran derecho a disfrutar de la lectura y los saturan de datos en nombre de una supuesta educación. En otros casos, la creatividad se reduce a cuentos para adultos mal logrados, con estructuras endebles, errores ortográficos o de mal manejo del tiempo narrativo, con la idea de que un niño no lo tomará en cuenta. Hace poco, me topé con un libro infantil sobre los primeros años de Alfonso Reyes. El libro, al que le conté por lo menos diez errores, entre uso del tiempo y sintaxis, en un texto que equivalía a una cuartilla de escritura, llamó mi atención. Parecía la exposición de datos sacados de cualquier sitio web y forzado a parecer un cuento.  Era un claro gesto de menosprecio al género y una falsa comodidad en la que el autor pretendió esconderse. El libro infantil no debe ser tomado nunca como un oficio menor ni un cuento para adulto al que no se ha podido cumplir con los requisitos adecuados. Queremos una sociedad lectora, pero a cambio tratamos de imponer a los niños nuestro criterio y heredarles nuestros errores. Incluso, muchos ven a los escritores infantiles con menosprecio también. Ya no esperamos de los niños que sueñen ni que rían al leer, sino que memoricen. Que nos aplaudan, en el peor de los casos. Las ciudades merecen mayores encuentros de escritores infantiles y juveniles, con diálogos intensos sobre el oficio y  ediciones que inviten a seguir el rastro.

Sexto. Promotores culturales: Caso uno: entro a la feria del libro de la ciudad y veo una pancarta de un tamaño considerable. En ella están las fotos de todos los que van a leer en una jordana, pero justo al lado izquierda, sobresaliendo de los demás, está el rostro de manera descomunal del promotor del evento. Caso dos: alguien acapara lugares para presentaciones en la misma feria, sin saber qué va a hacer con ellos, pero luego, de manera desesperada, trata de meter lo que sea para imponerse como mediador imprescindible, a pesar de que todos podríamos ir directamente con el organizador, que siempre ha tenido las puertas abiertas, para gestionar nuestro propio evento. Caso tres: ingresan una cantidad grosera de proyectos, que en realidad siempre es el mismo, e invitan a sus amigos a que participen como artistas y público. No queda otra, nadie más se asoma por esos sitios. El producto se identifica  de inmediata, la queja también: pretenden llegar a otro público haciendo lo mismo sin reflexionar en los hechos.  Todos quieren obtener un beneficio personal en desmérito del espectador. Es más fácil acusar al público y menospreciarlo que asumir responsabilidades. Conclusión: hay que deshacerse de ese tipo de actitud y abrir nuevos espacios culturales. Promover el arte es saber que estamos en una mesa donde uno tiene que decidir si quiere situarse detrás de ella con el espejismo del artista consagrado  y esperar aplausos por sonreír nada más o pensar, mejor, que podemos ser parte del público y gestionar de manera íntegra un evento.

Ya tuvimos un año para escoger.

Ilustración de 1gna5io