Prefacio

A los doce años, cualquier niño medianamente maduro es capaz de asirse, desde un cigarro de marihuana, hasta una flor de las entrañas mismas de la tierra. A la misma edad, las fosas nasales de un niño físicamente sano, tienen la capacidad no sólo de pilotear el proceso de combustión que ha de mantenernos con vida, sino de inhalar también suficiente cocaína como para cabalgar sin un rasguño los centros mineros del Potosí.

En el siglo veintiuno, ese mismo niño puede tener dieciocho años e ingerir LSD sin sospechar siquiera que fue un químico suizo, montado en su bicicleta, el que cincuenta años antes experimentaba los efectos de dicha droga por primera vez.

Ese niño o esa niña puede no saber nunca que lo que está a punto de inhalar, fumar, absorber o inyectarse, ha cambiado la forma de interpretar el mundo más de una vez a lo largo de la historia. Elvis con la coca, Artaud con el peyote, Bob Dylan con la marihuana, Burroughs con la heroína, los chinos con el opio, los turcos con el hachís; todos ellos, y muchos otros gracias a ellos, han podido sumergirse en el universo de las percepciones a pesar de lo moralizante y prohibitivo que puede ser el mundo.

El niño adolescente de ojos azules puede despertar un día y puede su cabeza hacer “click” o creer él que es su cabeza la que hace “click” cuando por fin, y sin saber si quiera que el Patrón del mal no es un personaje bíblico, ha entrado a esta página virtual donde hoy se recopilan seis autores, todos regados no casualmente en diferentes partes de la misma ciudad y todos en algún momento con las pupilas dilatadas y el cielo verde de envidia.

Y pudieron haber todos estos autores no escrito ni cantado ni tomado fotos y la niña de pelo castaño aún así vería los ríos de lava en los que pueden convertirse las principales arterias de la ciudad que también hacen “click”, mientras sus ojos, los ojos de la niña, se sumergen cada vez más despacio en la pantalla que cada vez más rápido despliega el siguiente contenido.

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